En junio de 2017, nadie sospechaba la verdadera magnitud de lo que estaba por venir. Un grupo de hackers, supuestamente respaldado por un Estado, lanzó un malware llamado NotPetya. Lo disfrazaron como un simple ransomware —virus que pide rescate a cambio de desbloquear archivos—, pero su verdadero propósito era otro: destruir.

El ataque comenzó en Ucrania, propagándose a través de una actualización infectada de un programa contable muy usado en el país. En cuestión de minutos, el virus se extendió como un incendio digital. No distinguía fronteras: empresas, gobiernos, hospitales, cadenas de transporte… prácticamente todo lo que tenía conexión a internet era vulnerable.
Uno de los más afectados fue Maersk, la gigante naviera. Sus terminales en puertos de todo el mundo se paralizaron. Los sistemas informáticos dejaron de responder; tuvieron que reconstruir miles de servidores, reinstalar miles de aplicaciones, incluso reescribir sus procesos logísticos a mano. Las pérdidas: cientos de millones de dólares. Proven Data+2WTW+2

Pero no fue solo Maersk. Merck, una de las farmacéuticas más grandes, también fue golpeada. Producción, investigación, sus líneas de ventas… todo se detuvo. Proven Data
La magnitud del daño no se limitó a la economía: este episodio marcó un antes y un después para la seguridad digital global. Se volvió evidente que ningún sistema empresarial o institucional estaba completamente preparado para algo así.
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